Juro por Dios que odio estas fotos y por ende a su autora. Fotos ñoñas hasta decir basta, pretenciosas, pastelosas, edulcoradas hasta la náusea, retocadísimas para hacer las delicias de quienes al contemplarlas, tras impostar la voz y soltar un lastimoso "oooooohhhh", resaltan lo entrañable de la estampa con una retahila de palabras como ricura, monada o preciosidad. Coger a un niño recién nacido, colocarle un gorro que simula ser una flor y "plantarle" en una maceta, más allá de provocar en mí una indescritpitble sensación que me acerque al oso de Mimosín, me hace pensar en una suerte de maltrato hacia la infancia por tratar a los niños como si de monitos se tratase. Que esa es otra, qué divertidas también las fotos de monos cagando mientras leen el periódico, o disfrazados de ejecutivos, o de mecánicos... ¿verdad? Total, como parece que sonríen tampoco podría decirse que se les maltrate. Seguro que en el lenguaje no verbal de los primates, lo que percibimos los humanos como sonrisa, es en realidad un "me cago en tus muertos".
Y ya metidos en el ajo, cómo olvidar esas terroríficas fotos de payasos que decoran más de una sala de espera de hospital o consulta de pediatría. Seguro que la idea corrió a cargo de un descendiente directo de Herodes.
Pero hablábamos de Anne Goebbles, perdón, Geddes. He conocido a gente (adulta) que orgullosamente mostraba fotos de esta tipa decorando una carpeta; nunca me he atrevido a preguntar el porqué de la querencia por esas imágenes, básicamente porque me figuro que quizá esa gente cree realmente que los niños nacen como los geranios (lo mismo no prestaron demasiada atención de pequeños cuando en casa le contaron aquello de "papá pone una semillita en mamá..." y se quedaron solo en lo de la semillita).
En fin, por más que pueda enternecerme un niño, odio la obra de esta señora, deseándola que en otra vida alguien le haga lo mismo que hizo ella con los bambinos de sus famosas fotos, plantarla en una maceta, a ser posible cabeza abajo.

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